terça-feira, 10 de abril de 2018


No pensaba volver a ver en ti la luz,
a ser yo luz de ti fundido entre tus olas,
pero aquí estás, oh mar, arrastrando espumas
por mi piel, enredando rosales en mis brazos.
Encima de tu útero moribundo de azul
no se alzan las antiguas ciudades-esqueleto,
la osamenta amarilla del adobe y la piedra
que el desierto y la Historia despacio desmoronan,
sino que aún florecen bosque y roca sagrados
en las dos verdes islas de Diana enamnorada.
No esperaba esta lluvia de sol sobre la sal,
de sal sobre la luz, sobre el cuerpo arañado
por enebro salvaje, ni el zumo de la higuera
que las olas me llevan, que las olas me traen:
aroma tan violento que la mar no sepulta.
Y, en una nube de oro, los cuerpos se deshacen
en la línea del mar, en la línea del cielo.
Oh el camino fogoso que abrasa la pupila,
el camino que lleva a otra vida, a más vida,
o acaso a la negrura suprema que nos niega.
Pero hoy la primavera aún regresa incendiando
las islas y en la mar crece el fuego con fuerza.
Alguien arroja leña a las aguas e inmenso
fuego envuelve las olas con la tierra y el aire.
Mar de resina el bosque que ha incendiado este mundo.
Todo el mar hecho hoguera y en él flota mi sangre.
Cuando la noche llegue aún arderán arriba
las brasas de los sueños, firmamento de escorias.
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 Colinas, Antonio. El río de sombra - Treinta y cinco años de poesía, 1967-2002. Madrid: Visor Libros, 2004, p 311.
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